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¿Qué es eso de la deuda odiosa?

Un particular pide un préstamo. Puede suceder que no llegue un momento en el que no sea capaz pagar sus deudas. En tal caso, según el país en que viva, tal vez existan formas de reducir el despellejamiento al que se podría ver sometido por los acreedores. Normalmente, tendrá la suerte de que la prisión por deudas esté prohibida (el artículo 11 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos dice que “Nadie será encarcelado por el solo hecho de no poder cumplir una obligación contractual”) y pueden existir distintos procedimientos de declaración de quiebra o concurso, leyes de segunda oportunidad, daciones en pago para el caso de deudas garantizadas con hipoteca, etcétera. Además, existirá un sistema jurídico -más o menos eficaz- que permita analizar el contrato de préstamo y analizar si el prestamista actuó de manera abusiva (leyes de usura, leyes de protección de los consumidores u otras equivalentes).

Si un Estado pide un préstamo, sin embargo, no existe un mecanismo supranacional que permita una quiebra ordenada (hay que tener en cuenta que la situación no es comparable al de una empresa, ya que no se contempla que el Estado se disuelva, como puede pasar con una empresa en quiebra) ni mecanismos que determinen si la deuda es fruto de contratos que contengan cláusulas abusivas. Para lo primero, existen foros informales como el Club de París (que reúne a Estados acreedores) o el Club de Londres (que reúne a acreedores privados). Sobre lo segundo, han corrido ríos de tinta en torno al concepto de deuda ilegítima o deuda odiosa. Sigue leyendo

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Las deudas (no) son sagradas

El miércoles pasado estuve en una de las sesiones de acogida que organiza la PAH aquí en Sevilla. Habría más de treinta personas, y muchas de ellas se encuentran justo en ese momento en el que tienen que afrontar la decisión de dejar de pagar. Con una hipoteca de 500, 700, 1200 euros, y unos ingresos claramente inferiores, o que no les dejaría dinero alguno para vivir. Para comer, para vestirse, para pagar las facturas. Muchas conversaciones giraban sobre ese punto. Algunas personas, que llevan ya varios meses o incluso más de un año sin pagar, comentaban a los demás que ellos habían pasado por ese conflicto, ese dilema; que habían tomado la decisión de no pagar absolutamente nada. Dar el paso resulta siempre muy complicado, pero luego mucha gente dice que es de las mejores decisiones que han tomado. El testimonio es parecido cuando hablamos de gente que ha decidido ocupar una vivienda vacía. Y es que la ley da miedo, pero al incumplirla descubrimos que a veces la ley es un muro que nos separa de una vida un poco más digna.
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Comparaciones odiosas

A los Estados no se les puede dar dinero sin más: tienen que realizar reformas estructurales para garantizar que sus cuentas serán sostenibles. Como “todos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” (una gran mentira que desmonta Eduardo Garzón en dos tiempos), lo que hay que hacer es empobrecernos. Y, oye, lo están haciendo genial. Aunque no afecte a todos, claro.

Si los Estados tienen “condicionalidad macroeconómica”, los bancos tienen “barra libre” y reciben dinero del Banco Central Europeo al 0,75 % de interés. Porque las consecuencias de dejar caer a los bancos serían desastrosas. Las consecuencias de destrozar con saña el Estado del Bienestar no se acercan ni de lejos. No importa que no se reformen en absoluto ni que, como muestra un estudio, los bancos rescatados continúen adoptando los mismos riesgos que antes de los rescates.

Y así sucede que, de mayores, los niños querrán ser banqueros.


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Algunas reflexiones sobre la sostenibilidad financiera

La deuda pública es un instrumento de política económica que no debe excluirse de raíz, pero también debe emplearse con cabeza. Cuando Griñán dice que el techo de deuda que se le impone puede llevar a cerrar colegios y hospitales (y suponiendo que sea cierto) una de las primeras cosas que se me vienen a la mente es cómo pretendemos sostener un Estado del Bienestar si lo hacemos depender de la capacidad de las instituciones para captar recursos en los mercados de capitales. ¿Estamos locos? El endeudamiento público es útil para financiar gastos de inversión, pero ¿¡gastos corrientes y tan esenciales como la educación y la sanidad!? Julio Anguita ha afirmado en un artículo muy recomendable (“Hacia la horca”) -y que en parte inspira este- que endeudarse para financiar el gasto corriente “constituye una perversión que está llamada a la total paralización de lo público”. Sigue leyendo