La libertad de expresión

Hay una frase de Voltaire que se considera un buen resumen de lo que debe ser la libertad de expresión: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. En realidad, Voltaire nunca dijo tal cosa: la frase es de Evelyn Beatrice Hall, una escritora británica que escribió una biografía del ilustrado francés e incluyó esa frase que, eso sí, intentaba condensar el pensamiento de Voltaire.

En cualquier caso, yo no estoy de acuerdo con esa frase. No sé si eso me hace un peligroso enemigo de la libertad de expresión. Tal vez podremos decidir si es así después de que exponga mis razones.

La libertad de expresión es el derecho a crear un determinado discurso, y ese discurso transforma la realidad. A su vez, la nueva realidad crea o suprime espacios para la libertad de expresión. La relación es dialéctica: un discurso (al amparo de la libertad de expresión) puede favorecer o coartar las condiciones necesarias para que surjan otros discursos. En los casos más extremos, determinadas expresiones pueden estar prohibidas o constituir delito. Por ejemplo, el artículo 20 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966 prohíbe “toda propaganda en favor de la guerra” y “toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituya incitación a la discriminación, la hostilidad o la violencia”. Entre este extremo y el opuesto (discursos que crean nuevos espacios para la expresión libre) hay toda una gama de grises que habrá que analizar caso por caso.

Algo que está relacionado con lo anterior: suele escucharse que “todas las ideas son respetables”; pero hay ideas merecedoras de desprecio. Otra cosa es que deba respetarse la dignidad de la persona que ha decidido vomitar determinado tipo de ideas. Pero no la idea en sí. Ideas racistas, xenófobas, machistas u homófobas no merecen mi respeto.

El 14 de enero de 2013, José Ignacio Wert acudió a Sevilla a dar una charla. No pudo darla porque un gran grupo de personas le dedicó una estruendosa pitada y le impidió hablar. El Ministro calificó el boicot de “acto fascista” y muchos lo calificaron como una violación de su libertad de expresión.

No es así.

Lo cierto es que la libertad de expresión de Wert no estuvo ni está en peligro. Cuando él quiera, puede convocar una rueda de prensa (incluso sin aceptar preguntas) y decenas de periodistas acudirán. Luego reproducirán su mensaje en todos los medios de comunicación y el Ministro aparecerá en la televisión de nuestra casa a la hora de comer. Se trata de una cadena de transmisión muy eficiente que se vez en cuando se engrasa con un poco de publicidad institucional. Más precaria es, por el contrario, la libertad de expresión de los grupos de estudiantes y el profesorado que se opone a sus políticas y que, a veces, son criminalizados por esos mismos medios.

Todo derecho humano es una forma de orientar las relaciones sociales. Si se quiere, es un punto desde el que se ejerce una fuerza gravitatoria que, junto a otras fuerzas gravitatorias no jurídicas (económicas o culturales, por ejemplo) determinan una órbita concreta. Afirmar “defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarte” sin tener en cuenta ese contexto es, entiendo, un error.

La libertad de expresión, como todo derecho humano, no es un principio abstracto. Es una forma de orientar las relaciones sociales, pero esas relaciones sociales se crean en un contexto que es desigual y dinámico. Ignorar ese contexto es la mejor manera de perpetuar las injusticias que existen. Si queremos transformar la frase atribuida a Voltaire en una norma de conducta, conviene recordar que hay personas y colectivos cuya libertad es más precaria que la de otros. Y que hay muchos frentes abiertos y no está de más concentrar nuestras fuerzas allá donde son necesarias.


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