El miedo al derecho

Hace unos días he remozado el blog y, además una letra más grande y una nueva foto principal, tenemos un nuevo subtítulo en el blog: “sobre derecho con minúsculas”. Y es que a los juristas les encanta escribir “Derecho” con mayúsculas. Cuando estaba revisando mi tesis me pregunté por qué y me fui al Diccionario Panhispánico de Dudas. Allí encontré la regla 4.33, que dice que “es habitual que en textos pertenecientes a ámbitos particulares se escriban con mayúscula las palabras que designan conceptos de especial relevancia dentro de esos ámbitos […] obedecen únicamente a razones expresivas o de respeto”. Los ejemplos de la Academia son “Sacramento, Bautismo, Misa” en textos religiosos (podrían haber sido un poco más ecuménicos) y “Bandera” o “Patria” en textos militares. Me harté de reír, claro.

Efectivamente creo que hay un poco de fetichismo en ese uso excesivo de las mayúsculas por parte de nosotros los juristas (y que no se limita al término “Derecho”). También hay una cuestión de poder, porque en la medida en que el derecho –yo le pondré minúsculas– es un arma, si aterroriza con su mera visión ya empiezas la batalla con ventaja.

Empecé a reflexionar sobre el asunto a partir de un post (“Seguridad jurídica”) en el blog del Comandante Vimes. Lo que sigue a continuación es una mezcla de las respuestas que recibí al preguntar en las redes sociales por qué el derecho da miedo, sistematizadas de alguna manera en un puñado de ideas clave.

La idea principal es que el derecho es difícil de entender: “es como la medicina, con términos obtusos y técnicos que solo su gremio comprende”. “Te pueden enterrar en palabrería que no entiendes”. Históricamente, hemos encontrado “una masa de gente que ni siquiera podía leer las leyes”. En general, “son cosas que resultan muy ajenas a la gente de a pie, con procesos complejos y enrevesados que pueden tener consecuencias importantes”, pese a que “una cosa que afecta tanto a la vida cotidiana de la gente […] debería ser más entendible por los legos en la materia”.

Alguien me señaló El proceso de Kafka como “ejemplo de lo que el subconsciente colectivo a lo mejor piensa del derecho. La manifestación inesperada e inapelable del poder”, puesto que el derecho “históricamente ha sido un instrumento de dominación”. No sólo históricamente, podríamos añadir; y no sólo de dominación, sino también de liberación. Pero el mensaje, a grandes rasgos, está claro. Y existe una relación entre derecho oscuro y dominación por el derecho.

Diría que tenemos la percepción de que el derecho reacciona cuando ya ha surgido un conflicto y lo hace con carácter represivo, porque es más importante castigar que reparar. Esto nos pone a la defensa ante cualquier notificación administrativa o judicial, porque “de un juzgado no puede venir nada bueno” y “si tienes que ir, para algo malo es”. Me han hablado de una persona a la que llegó una citación del juzgado para que aportase las escrituras de su casa por una cuestión de derecho civil “y se veía casi entre rejas”.

Todo esto, por cierto –creo que es muy relevante– implica una ejecución vertical del derecho. Se me ocurre el ejemplo del derecho penal, tal vez porque es muy claro. El llamado “derecho penal retributivo”, centrado en el castigo, parte históricamente de considerar que el delito ofende al Estado (mientras que el “derecho penal restaurativo” da mayor protagonismo a la víctima). La ejecución de un derecho que actúa tras el conflicto tenderá a estar más centralizada (desde luego es así simbólicamente: se atribuye al Estado el monopolio de la violencia) que la práctica de un derecho orientado a prevenir los conflictos. Un derecho a la imagen del Estado-leviatán.

A poco que miremos estas ideas en su conjunto, vemos que están estrechamente interconectadas y nos remiten a las posibilidades de acceso al derecho. La exclusión de parte de la sociedad de la comprensión del derecho está muy relacionada con su potencialidad para garantizar la dominación de un grupo social sobre otro. Como también me señalaron, “solo puede usar [el derecho] a su favor quien lo entiende; y entenderlo o pagar a quien lo haga es un privilegio”. Dijo una vez un campesino salvadoreño que la ley es como la serpiente porque sólo pica al que está descalzo. O a quien recibe del juzgado una demanda de desahucio y es incapaz de reaccionar a tiempo para pedir un abogado de oficio en los tres días que se suelen establecer. Pero vemos también que cuando hay un poderoso en medio los juicios se eternizan o los responsables acaban por ser indultados.

La historia del derecho incluye una lucha por el acceso al derecho. Recuerdo, de cuando estudié derecho romano, la historia de Gneo Flavio. En la época arcaica, sólo los pontífices interpretaban y aplicaban el derecho; las fórmulas procesales necesarias para solicitar algo eran secretas, y hablamos de un derecho tan formal que equivocarse al pronunciar la fórmula solía implicar perder el proceso. La clase dominante usaba este monopolio del conocimiento jurídico para reproducir y defender su supremacía en el campo social, económico o político.

Pues bien, Gneo Flavio publicó los textos de las fórmulas procesales y lo que podríamos denominar “calendario judicial” (dies fasti y dies nefasti), y que los romanistas me perdonen cualquier anacronismo. Rompió así el monopolio pontifical sobre la aplicación del derecho y abrió paso a una fase de secularización del mismo y el acceso de plebeyos a la función de aplicación de la norma. Este es un único ejemplo de la creación de ámbitos de exclusión, personas que quedan dentro y fuera del propio derecho, que tienen o carecen de los recursos necesarios para conocerlo y entenderlo. El ejemplo seguramente ha sido mitificado tras el paso de los siglos: no podemos separarlo de los movimientos sociales de esta época histórica, so pena de convertir la historia en un cuento con dos o tres protagonistas que cambian su rumbo.

Pero todo esto enlaza, claramente, con el papel que debe tener un jurista socialmente comprometido. Salvador Allende, en un discurso en la Universidad de Guadalajara en 1972, recordaba que las universidades públicas se pagan con los impuestos de los contribuyentes, y que gran parte de ellos son clase trabajadora. Y que, pese a ello, el porcentaje de estudiantes pertenecientes a esa clase es reducido y muchos de los egresados no se preocupan por las condiciones de vida obrera.

Allende habló de arquitectos que no se preguntan si el derecho a la vivienda es efectivo; médicos que no se preocupan por el acceso a la atención sanitaria; maestros que no se preocupan por los índices de analfabetismo o de escolarización. Y podemos añadir: juristas que no se preocupan porque el derecho siga siendo una cuestión esotérica, difícilmente comprensible; que haya personas cuyos derechos son violados cotidianamente sin que muchas de ellas lleguen a ser conscientes de que, en alguna parte, se reconoce el derecho a que sus vidas no sean así. Por el contrario, parece que muchas luchas se refuerzan con la toma de conciencia de los derechos que se nos reconoce en el papel. En las luchas de vivienda, por ejemplo, se observa la importancia del artículo 47 de la Constitución, que reconoce el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. He visto que muchas personas afectadas han encontrado en ese reconocimiento un sentimiento de legitimación, una fuente de fortaleza. El papel de quien estudió derecho o ejerce la abogacía no debería ser solucionar determinados problemas de manera asistencialista, sino favorecer estos procesos de apropiación del derecho.

No cuento nada nuevo. Cuento lo que he visto hacer por personas que admiro. Si el derecho es difícil de entender, nuestro papel debe ser compartir el conocimiento para ayudar a la autosuficiencia jurídica de otras personas, que les dé seguridad al reclamar lo que les corresponde. Si el derecho aparece como un poder vertical y atemorizador, nuestro papel debe ser destruir esa concepción, hacer visibles las microrrelaciones jurídicas que llenan el espacio público y privado para poder defendernos de ellas o apoyarnos en ellas. Si, visto desde abajo, el derecho se experimenta como injusticia, se trata de dar a conocer los derechos humanos como mecanismos de liberación, para que se creen redes que ayuden a hacerlos verdaderamente efectivos.

Gracias por sus comentarios a Raquel, Pablo, Paco, Lupe, Alejandro, Andrés, @Guimar3, @versoblanco y @ComandanteVimes


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