Fiscalidad y externalidades: los tributos ecológicos y el impuesto Tobin

Un sistema tributario tiene dos funciones fundamentales: redistribuir la riqueza (por eso el sistema tiene, en teoría, que ser progresivo) y obtener recursos para financiar las funciones del Estado (educación, sanidad, justicia, seguridad, obras públicas…). Además, los tributos pueden tener otros objetivos, que se denominan extrafiscales. Un buen ejemplo son los impuestos ecológicos, cuyo objetivo fundamental no es redistribuir o recaudar, sino desincentivar determinadas actuaciones que contaminan el medio ambiente.

La economía habla de externalidades negativas, que son los costes derivados de la producción o el consumo de un bien que no se incluyen en el precio. Si yo produzco un bien, tengo costes de materia prima, mano de obra, energía… que determinarán el precio al que pueda vender. Pero la contaminación que emita mi fábrica, aunque perjudica al medio ambiente, es un coste abstracto, que no se llega a individualizar y que no se incluye, en principio, en dicho precio. Para solucionarlo, el Estado puede establecer límites sobre lo que se puede contaminar. O puede establecer impuestos sobre la emisión de gases, que me obligan a incluir un nuevo coste en mis cuentas, y que más o menos equivaldría a la contaminación que produzca. Me están obligando a incluir en las cuentas de mi empresa el daño que produzco al medio ambiente. Tengo así un incentivo para invertir en tecnología de reducción de emisiones de gases.

¿Este tipo de cosas funciona? Hay veces que funciona maravillosamente bien. El ejemplo que nos es más cercano: muchas Comunidades Autónomas han creado impuestos sobre las bolsas de plástico de un solo uso. Y con tal de no pagar cinco céntimos la mayoría de la gente ha empezado a llevarse la bolsa de casa.

El Impuesto sobre las Transacciones Financieras (que España podría implantar el año que viene) obedece exactamente a la misma idea. En este caso, la externalidad es la inestabilidad que las operaciones especulativas a corto plazo producen en los mercados financieros. Muchas se basan en sistemas algorítmicos automatizados (high frequency trading) que funcionan como se explica en este artículo de El País, y que pueden ganar no más de 0,001 euros por operación. El beneficio viene de realizar la misma transacción muchísimas veces. La idea es que haya un tributo que “se coma” ese pequeño margen. Así, sólo se realizarían operaciones con un beneficio algo mayor, lo que implicaría mayor estabilidad en los mercados financieros. Y menos posibilidades de ganancia para los brokers, algo a tener en cuenta a la hora de ver las reacciones ante la medida.


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