¿Por qué las personas pagan sus impuestos?

“El ciudadano nunca ha vaciado su bolsillo con entusiasmo en las manos del recaudador, mientras que por el contrario sí ha ido cantando al campo de batalla en el que iba a arriesgar su propia vida. Carente de la aureola de gloria que rodea al impuesto de la sangre, el deber fiscal suele ser mucho peor soportado. El contribuyente ve en él una servidumbre sin atisbar ningún tipo de grandeza. A partir de esto, no es sorprendente que las revueltas fiscales sean en la historia más numerosas que los motines; el fraude más generalizado que la deserción”

Gaudemet, “Las relaciones entre el fisco y el contribuyente”, en El Estado y los contribuyentes: la resistencia fiscal.

Las reflexiones de Gaudemet son una buena introducción a un problema que se ha venido tratando prácticamente desde que existen los sistemas tributarios modernos y, especialmente, desde que se generalizó el sistema de autodeclaración y el control administrativo se convirtió en algo excepcional: ¿qué es lo que hace que se paguen voluntariamente impuestos? ¿Por qué cumplir con esa “servidumbre sin grandeza”? La pregunta es extrapolable a toda norma jurídica, y la respuesta oscilará entre el miedo al castigo y la consideración de que la obligación es justa.

Existen diversos modelos que tratan de explicarlo. Uno de ellos (Allingham y Sandmo, 1972) considera que el contribuyente realiza un cálculo que relaciona cuánto podría ahorrar no pagando impuestos, o minimizando los impuestos pagados, y el riesgo a que se expone. Hasta cierto punto, es la traslación del homo œconomicus al ámbito tributario. Si los impuestos son muy elevados, o si las sanciones por no pagar son pequeñas, nos encontraremos con un panorama destacable de impago. Según este modelo, existen varias formas de favorecer el cumplimiento voluntario de las obligaciones tributarias: rebajas de impuestos o endurecimiento de las sanciones serían las principales. Sin embargo, como algunos autores criticaron con posterioridad, este modelo no explica por qué en algunos países con altos niveles impositivos y donde la posibilidad de ser objeto de una inspección tributaria es baja, el cumplimiento de las obligaciones fiscales es, por el contrario, elevado.

Un modelo alternativo afirma que la tasa de cumplimiento de las obligaciones tributarias depende directamente de la conciencia fiscal, que es un concepto más bien psicológico y que se relaciona, en lo colectivo, con el llamado pacto fiscal, un acuerdo sobre la estructura y nivel impositivo y la asignación del gasto (es decir, cómo ingresa el Estado y en qué gasta ese dinero). Este pacto fiscal tiene raíces claramente políticas, en tanto que es la condición material de posibilidad del contrato social: esta relación se resume en el lema “No taxation without representation”, acuñado en la cultura anglosajona.

El pacto fiscal, como el contrato social, tiene un aspecto sociológico (de relación entre los ciudadanos y el Estado) y un aspecto jurídico, dado que se plasma en los textos constitucionales. En nuestra Constitución se fija un consenso relativo a la orientación del gasto de los poderes públicos (mediante del reconocimiento de derechos, libertades y «principios rectores de la política social y económica», como la promoción del acceso a la salud o a la vivienda) y a la toma de decisiones en este ámbito (a través de las distintas instituciones: asambleas representativas y administración en cada nivel territorial) y a cómo contribuirán los ciudadanos a financiar dicho gasto. Puede considerarse que se cumple el pacto fiscal cuando tanto los ciudadanos como el Estado cumplen sus obligaciones, rinden cuenta de ellas y se benefician de los derechos que le corresponden. Si los contribuyentes ven que el sistema tributario no es justo (por ejemplo, que los que más tienen no pagan más impuestos y el Estado no lucha contra eso) o que el dinero no se gasta en lo que se debería gastar, serán más permisivos con el fraude.

En suma, una persona paga impuestos:

  • Por considerarlo un deber cívico, producto de un acuerdo social de redistribución de la riqueza.
  • Por miedo a ser descubierto por una inspección tributaria y sancionado.
  • Porque no tiene la posibilidad de defraudar: por ejemplo, los trabajadores asalariados pagan la mayor parte de sus impuestos indirectamente, mediante retención. El pagador ingresa directamente en Hacienda una parte del sueldo.

En España, el fraude fiscal y la economía sumergida alcanzan entre el 23 y 25 por 100 del Producto Interior Bruto (mientras que esta cifra oscila entre el 10 y el 12 por 100 en la UE-15); la crisis no sólo ha disminuido la actividad económica y por tanto los impuestos cobrados por el Estado, sino también ha incrementado la tasa de fraude fiscal. Según un estudio del Instituto de Estudios Fiscales (IEF), dependiente del Ministerio de Economía y Hacienda, en 2008 un tercio de los encuestados consideraba justificable que una persona no pagara los impuestos que les correspondieran. En 2007, casi la mitad afirmó que se trataba de algo justificable.

¿Por qué el fraude fiscal es tan alto en España? ¿Qué falla? Podría decirse que falla todo.

El pacto fiscal, en términos relativos, se cumple poco. Las personas que consideran admisible el fraude, en distintos estudios realizados -que, cabe decir, son escasos- alegan como principal causa justificativa que los más ricos no pagan lo que le corresponde. Existen supuestos especialmente mediáticos que refuerzan esta impresión, como -un ejemplo reciente- la tributación de los futbolistas. Tampoco existe una percepción demasiado positiva de la orientación del gasto público.

Tampoco son eficaces los controles administrativos. Entre otras causas, por la falta de personal. Los distintos sindicatos de funcionarios de Hacienda (de Inspectores -IHE- o de Técnicos -GESTHA) vienen denunciando esta situación de manera continuada. Existen (las cifras son de noviembre de 2009, extraídas de aquí y aquí) 2393 inspectores de Hacienda; de los cuales más de una cuarta parte se encuentran en excedencia o en otra situación similar, por lo que no trabajan en la Administración. Muchos se dedican a la política -pero no parece que lleven estas reivindicaciones al Congreso- o a la alta empresa: y teniendo en cuenta que, en último término, son 180 los inspectores que controlan las 3000 empresas más importantes del país, no cabe descartar la -irónica- posibilidad de que haya más inspectores en excedencia trabajando para estas empresas que inspectores en activo controlándolas.

En suma, el fraude generalizado es un círculo vicioso que genera más fraude, y ello es así por dos causas. Porque crea la impresión de que dejar de pagar impuestos no implica exponerse a un riesgo excesivo, y porque desincentiva a aquellos que han interiorizado el deber de tributar pero que verán que se están violando los principios de igualdad y progresividad tributarias. Cada persona debe pagar impuestos en función de su capacidad económica. Pero, desgraciadamente, al crecer la capacidad económica, crece la capacidad para defrudar a Hacienda.


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2 pensamientos en “¿Por qué las personas pagan sus impuestos?

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